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Unidos o dominados, debemos optar


Ilustración Eduardo Gonet

El día que cayó el Muro de Berlín, en 1989, sabíamos o creíamos saber, que otro mundo se abría paso entre aquellos escombros.

Poco después se derritió la Unión Soviética; pero como nada se pierde y todo se transforma, con aquella misma sustancia se reconstruyó, más temprano que tarde, la vieja y poderosa Rusia de tiempos inmemoriales.

El mundo occidental, es decir, los Estados Unidos y Europa, festejaron apresuradamente la caída de ese muro que, según ellos, impedía expandir el mercado capitalista a las bocas deseosas de consumismo y sostuvieron convencidos que era “el fin de la historia”; fue tanta la euforia desatada que ni se percataron de los rasgos orientales del autor de semejante despropósito intelectual, un tal Fukuyama. De haberlo hecho, tendrían una pista temprana para advertir el sentido y la dirección del vendaval de ondas expansivas que se estaban liberando.

O sea. Cuando muchos pensaron que habría neoliberalismo eternamente, el poder real empezaba a completar y a disputar sus hemisferios, aunque con otros formatos: de occidente a oriente. Y viceversa. La historia siempre te da pistas. Hay que saber descubrirlas nomás.

El gigante chino, mientras tanto, aguardaba y acumulaba poder, para saltar como un tigre de colmillos poderosos, cuando lo creyera conveniente. Y todo indica que ese momento llegó.

Nótese que no estamos hablando del discurso de tribuna que agita la consigna de la mera “guerra comercial” en pugna entre China y los EE.UU. Eso es reduccionismo puro. Estamos hablando de la disputa por el timón del planeta. Estamos hablando del fin del mundo unipolar y la creación de un nuevo tipo de mundo multipolar, muy distinto al que conocimos después de Yalta.

Este mundo complejo y en disputa nos muestra a bloques, regiones y países que se mueven todo el tiempo. No hay más “cortina de hierro” que fije en el terreno a tal o cual país. No hay más bloques dominantes legitimados y cristalizados. Todo se mueve en el planeta. Todo está más cerca. Nada está más lejos.

Los hermanos latinoamericanos hambrientos se agolpan frente al muro de entrada de EE.UU. y piden entrar para trabajar y para comer. “Disculpe el señor, se nos llenó de pobre el recibidor y no paran de llegar”, canta Serrat.

China crece y avanza en todos los terrenos sin despeinarse el jopo y guarda la mayor reserva financiera del universo para hacerla jugar cuando necesite hacerlo.

La Rusia de Putin marcha a su lado.

Sean todas y todos bienvenidos al fin del viejo mundo.

EE.UU., que creerá jugar de local en Buenos Aires, les marcará la cancha a China y a Rusia, repitiéndoles como el Tío Patilludo: “esta región es mía, mía, mía”.

Putin mirará a Xi Jinping y esbozarán una sonrisa socarrona y sobria al mismo tiempo.

Europa se la pasará atendiendo los mensajes de “fuego, fuego, fuego” que seguirán llegando desde las praderas incendiadas en Francia y otras comarcas más.

La premier colonial británica, que pisa obscenamente la patria de Malvinas, se pondrá un parche en el ojo para no mirar la Patagonia de nuestra soberanía.

¿Y nosotros los argentinos qué?

Nosotros, nada. No jugamos en este tablero. Una limonada, un par de churrascos y chau picho. Habrá que desear y conformarse con que los micros oficiales lleguen sanos y a salvo al estadio central sin repetir el bochorno del superclásico. Y que los mandatarios y delegaciones del G-20 no se vayan del país creyendo que esta ciudad sitiada es la Argentina orgullosa que supimos ser.

Y que haya paz en las calles.

¿Se imaginan esta misma Cumbre en el país que fuimos hasta el 2015?

Ferias populares de toda la Patria Grande engalanarían la avenida más ancha del mundo, por ejemplo, para mostrarles a los ilustres visitantes, con los dedos en Ve y los puños apretados, que esto es la América Latina y el Caribe unidos y que tenemos cosas importantes para decir y exigir y que somos una región de paz y que somos una sola voz soberana que pretende por derecho propio compartir el nuevo mundo con la riqueza de nuestra cultura indo-afro-americana, nuestro trabajo, nuestra tierra, nuestro techo.

Por algo somos el país y la región de Francisco, el Papa. El país del Che. De Perón y Evita. El país de las Madres y las Abuelas. El país de 5 Premios Nobel. El país de Maradona. El país de nuestros 30 mil.

¿Se imaginan nuevamente a Fito Páez, León Gieco, Teresa Parodi cantando sobre un escenario ante millones de personas y sin ningún incidente, como dijo Fito en el Bicentenario?

Qué linda va a ser la vuelta, ¿no?

Lo cierto es que ahora sí vamos a conocer lo que es “la grieta” de verdad, la grieta de las ligas mayores. Los poderosos que se disputan el rumbo del planeta se irán al día siguiente de la Cumbre y quedaremos nosotros, los que disputamos cotidianamente el trozo de pan, la porción de carne y de verdura en cada mesa popular.

Quedaremos nosotros, los que no estamos ni estaremos representados genuinamente en ninguna

Cumbre hasta recuperar la huella soberana de nuestra Patria grande.

Quedaremos nosotros, los que vamos a unirnos contra viento y marea y de abajo hacia arriba para que valga la pena la unidad.

Quedaremos nosotros, los que queremos elegir en elecciones libres y democráticas un gobierno que nos devuelva las ganas de vivir. Mira lo que te digo.

Y porque entre la opción de marchar unidos o dominados, debemos optar inexorablemente por ir unidos.

Que así sea.



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