La política y las letras despiden a Horacio González



Tras un largo proceso que incluyó mejorías y recaídas, murió este martes a los 77 años el sociólogo y ensayista Horacio González, un hombre de lealtades blindadas que sin escaparle al disenso vivió en estado de interrogación y diálogo, apostó al lenguaje para desafiar sentidos clausurados y generó una de las etapas más luminosas de la Biblioteca Nacional a partir de una gestión extraordinaria.


Sociólogo, docente, ensayista, profesor, militante, González fue uno de los más lúcidos pensadores argentinos del último siglo, poseedor de una prosa expansiva y laberíntica que custodiaba sus ocurrencias y argumentos. Fuera del territorio solitario de la escritura, no esquivó los riesgos que acechan a los hombres que frecuentan la arena pública: presentó libros, regaló destellos de conferencista sagaz y lideró cruzadas como las reuniones de Carta Abierta -el espacio que buscó aportar espesor teórico a las políticas del kirchnerismo- o la embestida para licuar el protagonismo del escritor Mario Vargas Llosa durante su visita al Feria del Libro en 2015.


A González lo caracterizó siempre la vocación para sostener lealtades -a sus ideas, a sus amigos, a las figuras que admiraba como la del expresidente Néstor Kirchner o el desaparecido librero Elvio Vitali- sin caer en la adulación o el alineamiento sumiso.


Cuenta la leyenda que casi dos años después el entonces presidente Néstor Kirchner lo llamó a su casa para ofrecerle el cargo de director de la máxima institución cultural. Tuvo su primer asedio público en diciembre de 2006, cuando el subdirector Tarcus presentó su renuncia por desavenencias con los sindicatos y sus desacuerdos con la línea "nacional y popular" que empezaba a perfilar la gestión.

Precisamente esa perspectiva díscola con las tradiciones sería una de las grandes astucias de González: convertir a la Biblioteca en un espacio vivo capaz de alojar el "zeitgeist" de una sociedad que redefinía sus consumos culturales intentando dejar atrás las secuelas del estallido social de 2001. El sociólogo planteó entonces una agenda desplazada hacia expresiones asociadas a lo periférico o lo alternativo que nunca antes habían tenido lugar en la monumental estructura proyectada por Clorindo Testa, como la muestra dedicada en 2014 a "El Eternauta", la historieta creada por Héctor Germán Oesterheld o las que sucesivamente tuvieron como epicentro el universo artístico del "Indio" Solari, fundador de Los Redonditos de Ricota, o la producción poética y musical de Luis Alberto Spinetta, a quien en 2012 se le rindió homenaje con una exposición antológica.


El sociólogo estaba actualmente a cargo del departamento de publicaciones de la Biblioteca, un rol que el actual director, Juan Sasturain, le encomendó para retomar la incansable política de nuevas ediciones y rescate de textos olvidados que caracterizó su gestión. La labor, sin embargo, se vio interrumpida por la embestida paralizante de la pandemia. González soñaba con volver a poner en marcha la usina de producción editorial, pero su fulgurante destino comenzó a apagarse en la noche del 19 de mayo, cuando fue trasladado al Sanatorio Güemes tras dar positivo de Covid.


Trabajo y política :

Nacido el 1º de febrero de 1944 en el Hospital Pirovano de Coghlan, González estudió en el colegio comercial de Villa Devoto por indicación de su abuelo, un italiano que trabajaba en la estación San Martín como ferroviario y era clarinetista de la orquesta popular de Recanati, y pretendía que su nieto fuera contador.


Su primer trabajo fue como bibliotecario, en la carrera primero y en la Facultad de Psicología después por recomendación del poeta y periodista Alberto Szpunberg; mientras la política atravesaba sus días en Tendencia Antiimperialista Universitaria (TAU) y en la agrupación Línea Izquierda Mayoritaria (LIM).

Ensayista y escritor, González hizo el curso de ingreso de sociología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En esos años de estudio reconocía las clases de José Luis Romero, Halperín Donghi o de Roberto Carri, de quien se hizo amigo. En ese tiempo como estudiante hubo encuentros claves con ferroviarios socialistas en bares de Boedo cercanos a la universidad en los que el peronismo encendía los debates. Militó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAP) pero no se adaptó a lo que implicó la vida como clandestino y pasó al Movimiento Revolucionario Peronista (MRP), que lo tuvo como responsable de una unidad básica en el barrio de Flores mientras ese espacio confluía en Montoneros, de donde se fue en 1973. En ese momento, el negocio de la basura se concentraba en una empresa privada llamada Maipú que contaba con corralones municipales y ese nombre transformó la movilización en "la batalla de Maipú" para los impulsores, quienes tomaron los corralones, desviaron los camiones, sitiaron el centro bajo la presidencia de Lastiri y lo llevaron en andas a González por Avenida de Mayo. Ya en el 74 cuando Montoneros pasa a la clandestinidad, Horacio siguió en las unidades básicas y lejos de esa agrupación tuvo un breve paso por la JP Lealtad. Entre el 73 y el 76 dio clases en una materia introductoria de la carrera de Económicas, por la que pasaron 10 mil alumnos. Estuvo preso en Devoto, días en la superintendencia de seguridad federal y en 1976 sin estar militando orgánicamente lo detuvieron y apresaron durante 6 meses en el Departamento Central de Policía con una causa que fue remitida al Consejo de Guerra del Ejercito, que al igual que la Justicia Federal se declaró incompetente. Cuando lo liberaron se exilió en Brasil, específicamente en la ciudad de San Pablo donde ejerció la docencia hasta regresar a la Argentina en 1983."No es posible irse en calma de ningún país, ni del propio ni del ajeno, porque siempre nos acecha la temible demostración de que el ajeno se hace propio y el propio ajeno. Sin embargo se dejan hilachas por todos lados, único resguardo frente al hecho de que la vida se parte en franjas, con fuertes vallas entre tramo y tramo", dijo en el epílogo de La Voluntad, la monumental obra sobre la militancia en los 70 que escribieron Eduardo Anguita y Martín Caparrós y en la que González es una de las voces que le imprimen testimonio. La vuelta a la Argentina lo encontró con un Doctorado en Ciencias Sociales y la incomodidad con el término "exiliado", ya que sostenía que lo incomodaba esa palabra para denominar su tiempo en Brasil comparado con lo que habían tenido que vivir otros compañeros. Tampoco le gustaba el término "vecino" para denominar a los participantes de esas asambleas que se formaron después de la crisis diciembre del 2001 porque pensaba que ese nombre era "una forma de diluir la historia". González vivió las jornadas de movilización del 2001 en la calle, fue hasta Plaza de Mayo el 19 de diciembre a la noche, compartió con un pueblo movilizado esas horas de protesta ante un gobierno que recortaba salarios, reprimía y bajaba jubilaciones y al otro día fue a tomar examen y volvió a la Plaza. En ese tiempo histórico se sumó y participó en las asambleas de San Telmo, Parque Lezama y Parque Centenario.


La biblioteca :

Su recorrido político lo llevó a ser director de la Biblioteca Nacional durante una década (2005-2015) a partir de un llamado del entonces presidente Néstor Kirchner. Incómodo con la idea de "cargo", asumió su responsabilidad sin solemnidades y aceptando las polémicas y extendiendo las fronteras de lo posible y esperable para la vida de esa institución.


"Un espacio signado por la urgencia de la coyuntura, la vocación por la política y la perseverante pregunta por los modos contemporáneos de la emancipación", se podía leer en la primera de las Cartas que comenzaron a circular en 2009, durante el primer mandato de Cristina Fernández de Kirchner.


En esos años no solo lo acompañó en esa responsabilidad al frente de la Biblioteca Nacional sino que también fue una de sus compañeras en el espacio Carta Abierta, conformado por un grupo de intelectuales, entre los que estaban Nicolás Casullo, Ricardo Forster y Jaime Sorín, que decidió tomar la palabra pública a través de documentos colectivos ante la disputa por la renta agropecuaria.


Si entró a la Biblioteca incomodo con la idea de "cargo", se fue con una despedida emotiva, informal y ruidosa de parte de trabajadores, trabajadoras y colegas con discursos de los delegados sindicales que lo saludaron con un "hasta luego, compañero".


A ese lugar volvió con la vuelta al poder del peronismo y con Juan Sasturain como director, quien lo convocó a toomar la responsabilidad del sello editorial de la casa.

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