Sirenas en la ciudad



Por Gastón Peret.

Hace un año atrás, cuando el desconocimiento y el desconcierto reinaba por las calles de la ciudad, de manera puntual se escuchaba el aullido proveniente del Cuartel de Bomberos.

Eran las cuatro de la tarde y algunas siestas eran interrumpidas.

Los que andaban despiertos, sabían que había llegado el momento de regresar a sus respectivos hogares, porque el Covid comenzaba a deambular y te podía sorprender en alguna esquina del azar.


En aquel momento hubo quejas por las sirenas de la tarde.

Molestaba a los que cumplían con el horario de cuidado.

Por culpa de otros (los que no hacen caso), había que escuchar la alarma sonora cada día.

Los bebés se asustaban y lloraban.

Las mascotas se asustaban y se escondían.

Las personas maduras se asustaban pensando que se trataba de algún incendio o accidente.

Los adultos mayores se asustaban recordando cuando las sirenas de otras ciudades (y otros tiempos) sonaban para avisar que pronto comenzarían a caer bombas sobre las cabezas.


Acá, en tiempos de tantas revoluciones y pocas evoluciones, sonaban como el reto de los padres a sus hijos.

Hasta que la rutina se corrió dos horas y el aullido diario era a las 18 horas.

Hasta que la sirena dejó de sonar y ya sabemos la historia local.


Las plazas se llenaron de juventudes de mates compartidos y otras bebidas de picos amigables.

Los encuentros de adultos llenaban los ambientes de las casas.

(algunos llenaban sus quintas con invitaciones exclusivas)


Los pequeños y medianos negocios, junto al cartel de bienvenida, pegaban el del uso obligatorio del barbijo para entrar y ser atendido.

Uno se pregunta si es necesario tener que leer en cada local, la misma frase advirtiendo sobre la entrada prohibida a quien ose entrar con la cara descubierta.


El incómodo saludo del codo, dio paso al choque de puños y nuevas rutinas que supimos incorporar a fuerza de costumbre y de respeto hacia el otro.



Un año después

Habiendo sobrevivido al tsunami que se nos apareció de golpe, nos vemos (casi) ahogados por la segunda ola que ya sabíamos que se venía.


¿La culpa es de los ciudadanos que quieren laburar?

No.

¿La culpa es de los viejos que mueren de tristeza y soledad?

No.

¿La culpa es de los padres que quieren clases presenciales?

No.

¿La culpa es de una política de mano blanda?

Sí.

¿La culpa es de los de arriba que no dan ejemplos?

Sí.

¿La culpa es de una administración que no administra?

Sí.


Tenemos personal de salud de oro y personal gobernante de corcho.

Un hospital modelo que mantiene la misma cantidad de camas de terapia que tenía antes de la era de la pandemia.

Mantuvimos el invicto con la soberbia de pelearnos hasta con nuestros vecinos olavarrienses.

Hicimos festivales virtuales con costo cero (ejem…) mientras la cooperadora del hospital necesita fondos para no desangrarse.


Un año después, suenan nuevos aullidos, esta vez de las ambulancias.

Unos dicen que son trasladando contagiados de Covid.

Otros aseguran que es para producir miedo en la población.

Hay quienes están convencidos que es el grito de una ciudad que está preocupada por una política que celebra el cartel que anuncia quién debe pasar a vacunarse, mientras que en el hospital faltan los insumos más imprescindibles.

Por suerte, es una bendición contar con los diferentes profesionales de la salud que se desviven por mantenernos con vida.

Los aplaudimos, pedimos monumentos para cada uno de ellos, pero lo único que debe hacerse es reconocerlos como nuestros héroes ciudadanos y mimarlos sin exprimirlos, en más de un sentido.


Se escuchan sirenas en la ciudad.

Esperemos que la toma de consciencia se despierte de una buena vez.

Al igual que la toma de decisiones por la cual la gente votó alguna vez.

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